
Cada vez que recordaba esos labios rugosos y ese olor suyo, le daban arcadas. Nunca les perdonaría que la obligasen a estar con ese hombre que se llevaba más de quince años con ella. Nunca olvidaría el día que le dieron esa trágica noticia. El día que le presentaron a ese total desconocido. Viejo, con entradas, rugoso... Aquel día que se quedó a solas con la vigilancia de lejos del hermano. Ese silencio incómodo, en el que ella pensaba cada segundo: Dios llévame. El día de su boda. Inexperta, se imaginaba que pasaría: se llevaría lo más preciado de una mujer. Odió el momento en que tuvo que besarle y tantas miradas sonrientes e hipócritas que, a pesar de saber cuánto había llorado la noche anterior, parecían felices. Su madre siempre repetía que su vestido de bodas, regalado por él, sería el más bonito de todas las vecinas, pero... ¿de qué servía un vestido si la sonrisa se la dejaba en casa? También le decía que tendría joyas, hermosos vestidos y sus hijos nunca pasarían hambre. En su interior pensaba que ella no quería hijos y prefería vestir el mismo vestido día sí y día también. Su padre tampoco era menos y ayudaba a sentirse más culpable repitiendo una y otra vez las ganancias que conseguiría con esa boda. Todos eran felices. Todos, excepto ella. Incluso había comprado a sus hermanos haciéndoles varios regalos. La felicidad en su familia sería un gran sacrificio para ella, demasiado. No tenía elección. ¿Qué iba a hacer? A veces, sentía la inaguantable sensación de querer escapar corriendo, lejos de allí. Sin rumbo. A un sitio lejano que ni siquiera sus miedos pudiesen encontrarle, pero no. No podía, ahora se podía decir que pasó de ser una niña a, en un "
sí" de sus padres, ser una mujer.