
Un cuervo grita frente a mi ventana mientras me preparo para el fatídico desenlace de esta noche. Yo, sentada en la silla vieja de madera y con mi cabeza apoyada sobre mis manos, suspiro. Sé lo que va a pasar. Las sombras producidas por el fuego se agitan con rapidez como pequeños diablos que se disponen a recoger mi alma. No tengo miedo, por primera vez. Es la única forma de acabar con este sufrimiento, el sufrimiento de amor.
Mi hermoso vestido blanco y largo forma unos pliegues que ni el propio Da Vinci se atrevería a pintar. El tic tac del reloj se repite y resuena en mi cabeza, son las doce. Mi copa llena del líquido de Baco aún sigue por la mitad y creo que permanecerá allí como mi inerte cuerpo. Él ya no vendrá, llevo esperándolo media vida que bebí sorbo a sorbo y ya me cansé de beber.
Me levanto con un impulso intentando no cuestionarme a dónde iré. El fuego crepita con más fuerza como avisándome de que mi decisión no es la más acertada. Camino decidida hacia la larga mesa donde tú y yo disfrutamos de exquisitos manjares procedentes de países exóticos, cojo el puñal que se encuentra encima de ésta. Miro hacia las escaleras y recuerdo todas esas noches que entre juegos y risas acabábamos sin llegar al dormitorio.
"¿Y si éste no es el camino correcto?", dudo. No. No puedo echarme atrás. Él nunca vendrá, ni me dirá o demostrará cuánto me ama. Él se fue sin más, sin mirar atrás, sin dejar rastro de su presencia. Vuelvo de nuevo a la vieja silla de madera y extiendo mi brazo en ella. Una lágrima recorre mi mejilla pensando en aquellas personas amadas que verán mi cobardía. "El suicidio es el acto más valiente de un cobarde", grito mientras voy hundiendo la daga en mis venas. Siento resbalar mi sangre caliente. De repente, escucho la puerta abrirse.
"¿Amor...?"pregunto con una débil voz, "me estoy muriendo". Él blanco como la nieve corre gritando "¿qué has hecho?. Yo sólo he podido responde en ese momento "¿por qué has tardado tanto?".Mi amor intenta detener la herida mientras le explico que una herida que ha sangrado quince años no puede ser tapada en un día.
Mas de pronto, mis fuerzas se agotan y ya siento el aliento de la dama vestida de negro. Es hermosa, tiene unos cabellos largos y negros y una mirada triste, pero es hermosa. Siento que ya mi alma se ha desprendido de mi cuerpo. Me dispongo a darle la mano a la dama. Sin embargo, ella me la niega y señala mi cuerpo. Él se encuentra sosteniéndome por mis rubios cabellos. Llora desconsoladamente y dice:
"¡Ay de mí, amada mía! Yo no sabía nada de lo que sentías, si yo no me hubiese ido, clara era mi cobardía. ¿Qué he hecho? No sé cómo he podido hacerlo, yo te amaba pero fueron más importantes mis asuntos que tu tristeza por mi partida. Ahora veo el daño pero tarde. ¿Cómo he podido? Si pudieras esperarme para partir contigo. No. Ya no quiero que esperes más" y sosteniendo la mano a mi cuerpo, desenvainó la espada del cinto y con rabia y coraje se la clavó en el pecho. Cayó su cuerpo, tirando la copa y desparramando el vino de la vida.