lunes, 18 de febrero de 2013
sábado, 9 de febrero de 2013
Basado en hechos reales.
No recuerdo muy bien la hora en la que ocurrió. Sé que, como cada mañana, me dirigía a la universidad, así que, probablemente, serían las nueve y media. Me encontraba en la parada del C4 cuando un anciano, cuyas arrugas daban el testimonio de haber vivido algo más de setenta años, se me acercó y me preguntó por dicho autobús. Yo le respondí lo más breve y a la vez amable que pude, diciéndole que se encontraba justo en la parada que buscaba.
Me miró muy atento y me dijo:
- ¿Sabe usted,, señorita? Hoy va a llover.
Yo lo miré extrañada. Miré al cielo, no hacía tan mal día y por mi desconcierto continuó diciendo:
-Se preguntará que cómo lo sé. Yo se lo diré: hoy no llevo paraguas. Cada día me compro uno nuevo. Yo soy un desastre. Esta cabeza...Pero guárdeme usted el secreto, porque si se enterase nuestros meteorólogos o nuestros trabajadores del campo... Yo no quiero ni imaginar qué harían conmigo. Bueno, supongo que me obligarían a no llevar nunca paraguas. Sí, yo creo que sí, y cuando se cansasen de lluvia me darían de nuevo un paraguas para pasearlo por Sevilla. Pobre de mí. Alma en pena que soy.
Yo seguía atenta cada una de las palabras de aquel señor y quizás por mi cara de desconcierto, justificó su parrafada.
- No se asuste usted. Yo hablo mucho pero no muerdo. Bueno...según la situación. ¿Sabe qué? Voy a contarle algo que le será muy útil. Ocurrió en la antigua Roma: Un señor mandó a su esclavo a comprar la peor carne que hubiese en el mercado. ¿Y sabe usted lo que le trajo?
-No.- le contesté. Inclinándome atenta a cada una de las palabras salidas por aquel sabio.
- Pues yo se lo diré. Le trajo lengua- dijo abriendo mucho los ojos dando mayor expresividad a su relato. - Pero eso no es todo. Al día siguiente le mandó a ese mismo esclavo a comprar la mejor carne del mercado. ¿Y sabe que trajo esta vez? - contestó sin esperar una respuesta- Lengua. Porque la lengua puede ser lo mejor del mundo y ser utilizada de una forma buena y favorable al ser humano pero también puede corromper, dañar e incluso destruirlo.
Un escalofrío me recorrió al pensar en la certezas de aquellas palabras. Quería saber más de aquel anciano. Llegó el autobús y permanecí de pie cerca de él.
- Siéntese usted.- le dije.
- ¿Sentarme yo? ¡Eso es para los viejos! ¿Sabe cuántos años tengo? A ver, ¿cuántos me echas?
- La verdad que no lo sé.- y cierto era porque, a pesar de sus arrugas, no quería arriesgarme a echarle más de la cuenta.
- ¡Ochenta, tengo ochenta! Pero yo me siento joven porque uno es tan joven como se siente y siempre seré joven hasta que la parca decida, mientras tanto...
Permanecí un buen rato en silencio meditando todas las palabras. Pasamos por la calle Arjona y a los pies de la Caja de España me dijo:
- ¿Ve todos esos bloques? Antes no estaban construidos, sólo los de más atrás, por allí vivía yo. Aquí se vendían pescado y los vendedores dejaban los restos, olía una peste siempre...- dijo tapándose la nariz y haciendo más verosímil su narración.
El autobús se movía rápido, quizás demasiado para todo lo que me quería contar.
-¿Ves ese edificio?
- Sí, el teatro de la maestranza.
-Pues antes se llenaba de armamento militar de Franco. Yo fui el que se negó en rotundo cuando quisieron construir una estatua a uno de sus militares que lideraban en la pobre Andalucía de aquellos tiempos. Me negué, tuve que presentarme, moverme, y presentar papeles para defender que sería una vergüenza para Sevilla tener a un hombre que le ha hecho tanto mal. ¿Y sabe usted donde se halla enterrado ahora? En la capilla de Macarena pero no quiero que lo muevan de ahí. Ahí tiene que quedarse. La Iglesia apoyó de todas las formas imaginable este régimen de dictadura. Yo no quiero que vaya al Camposanto normal. Allí sólo van los inocentes, los que no se mancharon las manos de sangre, los que murieron defendiendo su libertad. No. Me niego en rotundo. Es más, deseo que siga manchando de vergüenza con sus huesos aquella capilla.
Este señor hizo que yo mostrase mayor interés aún.
- Yo es que soy político y aquí- dijo enseñándome una carpeta llena de papeles- llevo montón de informaciones de políticos de actualidad, de presidentes como Zapatero. Se los mostraría si pudiese, ¿dónde me dijo usted que iba?
- Yo me bajo enfrente de la Universidad.
- Uhm..yo en el Palacio de Justicia. Bueno, "justicia". Así quieren llamarla los hombres al castigos que le dan a otros por hacer algo que ellos consideran malo. Pero usted no sabe cómo están de equivocados. El hombre no debe castigar. El hombre cree que tiene derecho a castigar pero no tiene derecho sobre nadie, eso está fuera de nuestro alcance. ¿Ve eso?- me dijo señalando la cruz que estaba puesta encima del edificio universitario- sí, la Antigua Fábrica de Tabaco, pero eso ya lo sabrá usted que es de aquí. Me refiero a la cruz, ¿por qué una cruz? Eso se puso en el pasado, ¿pero qué pinta ahora? En fin...tenemos tanto que cambiar...
Me fui a bajar del autobús pero el chófer cerró y yo le dije que me bajaría en la siguiente.
- ¿Le digo una cosa antes de que se baje? Yo ni PP ni PSOE ni nada, nada nada de política. No confíe. Yo no lo hago, es un consejo.
Me despedí de él sabiéndo que jamás volvería a ver a ese anciano que me dio, en más o menos veinte minutos, una clase de historia, teología, lengua y de vida. Y fui a clase engullendo y recordando cada una de las palabras que dijo y que hoy, meses después, escribo en este blog.
Me miró muy atento y me dijo:
- ¿Sabe usted,, señorita? Hoy va a llover.
Yo lo miré extrañada. Miré al cielo, no hacía tan mal día y por mi desconcierto continuó diciendo:
-Se preguntará que cómo lo sé. Yo se lo diré: hoy no llevo paraguas. Cada día me compro uno nuevo. Yo soy un desastre. Esta cabeza...Pero guárdeme usted el secreto, porque si se enterase nuestros meteorólogos o nuestros trabajadores del campo... Yo no quiero ni imaginar qué harían conmigo. Bueno, supongo que me obligarían a no llevar nunca paraguas. Sí, yo creo que sí, y cuando se cansasen de lluvia me darían de nuevo un paraguas para pasearlo por Sevilla. Pobre de mí. Alma en pena que soy.
Yo seguía atenta cada una de las palabras de aquel señor y quizás por mi cara de desconcierto, justificó su parrafada.
- No se asuste usted. Yo hablo mucho pero no muerdo. Bueno...según la situación. ¿Sabe qué? Voy a contarle algo que le será muy útil. Ocurrió en la antigua Roma: Un señor mandó a su esclavo a comprar la peor carne que hubiese en el mercado. ¿Y sabe usted lo que le trajo?
-No.- le contesté. Inclinándome atenta a cada una de las palabras salidas por aquel sabio.
- Pues yo se lo diré. Le trajo lengua- dijo abriendo mucho los ojos dando mayor expresividad a su relato. - Pero eso no es todo. Al día siguiente le mandó a ese mismo esclavo a comprar la mejor carne del mercado. ¿Y sabe que trajo esta vez? - contestó sin esperar una respuesta- Lengua. Porque la lengua puede ser lo mejor del mundo y ser utilizada de una forma buena y favorable al ser humano pero también puede corromper, dañar e incluso destruirlo.
Un escalofrío me recorrió al pensar en la certezas de aquellas palabras. Quería saber más de aquel anciano. Llegó el autobús y permanecí de pie cerca de él.
- Siéntese usted.- le dije.
- ¿Sentarme yo? ¡Eso es para los viejos! ¿Sabe cuántos años tengo? A ver, ¿cuántos me echas?
- La verdad que no lo sé.- y cierto era porque, a pesar de sus arrugas, no quería arriesgarme a echarle más de la cuenta.
- ¡Ochenta, tengo ochenta! Pero yo me siento joven porque uno es tan joven como se siente y siempre seré joven hasta que la parca decida, mientras tanto...
Permanecí un buen rato en silencio meditando todas las palabras. Pasamos por la calle Arjona y a los pies de la Caja de España me dijo:
- ¿Ve todos esos bloques? Antes no estaban construidos, sólo los de más atrás, por allí vivía yo. Aquí se vendían pescado y los vendedores dejaban los restos, olía una peste siempre...- dijo tapándose la nariz y haciendo más verosímil su narración.
El autobús se movía rápido, quizás demasiado para todo lo que me quería contar.
-¿Ves ese edificio?
- Sí, el teatro de la maestranza.
-Pues antes se llenaba de armamento militar de Franco. Yo fui el que se negó en rotundo cuando quisieron construir una estatua a uno de sus militares que lideraban en la pobre Andalucía de aquellos tiempos. Me negué, tuve que presentarme, moverme, y presentar papeles para defender que sería una vergüenza para Sevilla tener a un hombre que le ha hecho tanto mal. ¿Y sabe usted donde se halla enterrado ahora? En la capilla de Macarena pero no quiero que lo muevan de ahí. Ahí tiene que quedarse. La Iglesia apoyó de todas las formas imaginable este régimen de dictadura. Yo no quiero que vaya al Camposanto normal. Allí sólo van los inocentes, los que no se mancharon las manos de sangre, los que murieron defendiendo su libertad. No. Me niego en rotundo. Es más, deseo que siga manchando de vergüenza con sus huesos aquella capilla.
Este señor hizo que yo mostrase mayor interés aún.
- Yo es que soy político y aquí- dijo enseñándome una carpeta llena de papeles- llevo montón de informaciones de políticos de actualidad, de presidentes como Zapatero. Se los mostraría si pudiese, ¿dónde me dijo usted que iba?
- Yo me bajo enfrente de la Universidad.
- Uhm..yo en el Palacio de Justicia. Bueno, "justicia". Así quieren llamarla los hombres al castigos que le dan a otros por hacer algo que ellos consideran malo. Pero usted no sabe cómo están de equivocados. El hombre no debe castigar. El hombre cree que tiene derecho a castigar pero no tiene derecho sobre nadie, eso está fuera de nuestro alcance. ¿Ve eso?- me dijo señalando la cruz que estaba puesta encima del edificio universitario- sí, la Antigua Fábrica de Tabaco, pero eso ya lo sabrá usted que es de aquí. Me refiero a la cruz, ¿por qué una cruz? Eso se puso en el pasado, ¿pero qué pinta ahora? En fin...tenemos tanto que cambiar...
Me fui a bajar del autobús pero el chófer cerró y yo le dije que me bajaría en la siguiente.
- ¿Le digo una cosa antes de que se baje? Yo ni PP ni PSOE ni nada, nada nada de política. No confíe. Yo no lo hago, es un consejo.
Me despedí de él sabiéndo que jamás volvería a ver a ese anciano que me dio, en más o menos veinte minutos, una clase de historia, teología, lengua y de vida. Y fui a clase engullendo y recordando cada una de las palabras que dijo y que hoy, meses después, escribo en este blog.
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