domingo, 2 de junio de 2013

Adiós amigos.

Me despido de este blog. Sé bien que he vivido momentos bonitos con él, pero tengo que avanzar. Estoy conociendo, hoy, por fin, la felicidad y esto es pasado, no voy a dejarlo completamente, ni siquiera borrarlo porque mi presente no sería nada si no hubiese escrito este blog - yo me entiendo-. ¿Y cómo mejor que dejar mi pasado?. Escribiendo. No me voy a alargar, mi vida no ha sido tan increíble, aún no hice grandes cosas, están en proyectos.
Nacida en Sevilla, criada entre dos hermanos y el amor de mis dos padres. En un barrio en el que jugar al fútbol es lo máximo a lo que se puede aspirar. Con padres no lectores, pero empeñados en mi educación. Recuerdo que siempre pedía que me regalasen libros, intercambiaba libros con mi única tía lectora - de hecho más de una vez le quité algún que otro libro con la picardía que te da la inocencia infantil-. Inclinada al teatro, pero mis padres querían una abogada, no pudo ser. Tampoco el mundo de la dramaturgia, me quedé en la filología. Desarrollé una increíble tendencia a escribir - no sé si bien o mal, me decanto por la última- y una inclinación a la teología. Y aquí estoy, viviendo aún e intentando realizar la carpeta de proyectos.

Ya que me ha conocido y he tenido mi momento egocéntrico, le digo, si no puede vivir sin leerme pidamelo, no por aquí, porque no estaré aquí, usted sabrá cómo encontrarme. Gracias.

lunes, 15 de abril de 2013

Lo dejo. Al menos por un tiempo. Ya volveré. 

lunes, 18 de febrero de 2013

Dejó tan destruida mi alma que me negué en rotundo ante la posibilidad de enamorarme de nuevo. 

sábado, 9 de febrero de 2013

Basado en hechos reales.

No recuerdo muy bien la hora en la que ocurrió. Sé que, como cada mañana, me dirigía a la universidad, así que, probablemente, serían las nueve y media. Me encontraba en la parada del C4 cuando un anciano, cuyas arrugas daban el testimonio de haber vivido algo más de setenta años, se me acercó y me preguntó por dicho autobús. Yo le respondí lo más breve y a la vez amable que pude, diciéndole que se encontraba justo en la parada que buscaba.

Me miró muy atento y me dijo:

- ¿Sabe usted,, señorita? Hoy va a llover.

Yo lo miré extrañada. Miré al cielo, no hacía tan mal día y por mi desconcierto continuó diciendo:

-Se preguntará que cómo lo sé. Yo se lo diré: hoy no llevo paraguas. Cada día me compro uno nuevo. Yo soy un desastre. Esta cabeza...Pero guárdeme usted el secreto, porque si se enterase nuestros meteorólogos o nuestros trabajadores del campo... Yo no quiero ni imaginar qué harían conmigo. Bueno, supongo que me obligarían a no llevar nunca paraguas. Sí, yo creo que sí, y cuando se cansasen de lluvia me darían de nuevo un paraguas para pasearlo por Sevilla.  Pobre de mí. Alma en pena que soy.

Yo seguía atenta cada una de las palabras de aquel señor y quizás por mi cara de desconcierto, justificó su parrafada.

- No se asuste usted. Yo hablo mucho pero no muerdo. Bueno...según la situación. ¿Sabe qué? Voy a contarle algo que le será muy útil. Ocurrió en la antigua Roma: Un señor mandó a su esclavo a comprar la peor carne que hubiese en el mercado. ¿Y sabe usted lo que le trajo?

-No.- le contesté. Inclinándome atenta a cada una de las palabras salidas por aquel sabio.

- Pues yo se lo diré. Le trajo lengua- dijo abriendo mucho los ojos dando mayor expresividad a su relato. - Pero eso no es todo. Al día siguiente le mandó a ese mismo esclavo a comprar la mejor carne del mercado. ¿Y sabe que trajo esta vez? - contestó sin esperar una respuesta- Lengua. Porque la lengua puede ser lo mejor del mundo y ser utilizada de una forma buena y favorable al ser humano pero también puede corromper, dañar e incluso destruirlo.

Un escalofrío me recorrió al pensar en la certezas de aquellas palabras. Quería saber más de aquel anciano. Llegó el autobús y permanecí de pie cerca de él.

- Siéntese usted.- le dije.
- ¿Sentarme yo? ¡Eso es para los viejos! ¿Sabe cuántos años tengo? A ver, ¿cuántos me echas?
- La verdad que no lo sé.- y cierto era porque, a pesar de sus arrugas, no quería arriesgarme a echarle más de la cuenta.
- ¡Ochenta, tengo ochenta! Pero yo me siento joven porque uno es tan joven como se siente y siempre seré joven hasta que la parca decida, mientras tanto...

Permanecí un buen rato en silencio meditando todas las palabras. Pasamos por la calle Arjona y a los pies de la Caja de España me dijo:

- ¿Ve todos esos bloques? Antes no estaban construidos, sólo los de más atrás, por allí vivía yo. Aquí se vendían pescado y los vendedores dejaban los restos, olía una peste siempre...- dijo tapándose la nariz y haciendo más verosímil su narración.


El autobús se movía rápido, quizás demasiado para todo lo que me quería contar.

-¿Ves ese edificio?

- Sí, el teatro de la maestranza.

-Pues antes se llenaba de armamento militar de Franco. Yo fui el que se negó en rotundo cuando quisieron construir una estatua a uno de sus militares que lideraban en la pobre Andalucía de aquellos tiempos. Me negué, tuve que presentarme, moverme, y presentar papeles para defender que sería una vergüenza para Sevilla tener a un hombre que le ha hecho tanto mal. ¿Y sabe usted donde se halla enterrado ahora? En la capilla de Macarena pero no quiero que lo muevan de ahí. Ahí tiene que quedarse. La Iglesia apoyó de todas las formas imaginable este régimen de dictadura. Yo no quiero que vaya al Camposanto normal. Allí sólo van los inocentes, los que no se mancharon las manos de sangre, los que murieron defendiendo su libertad. No. Me niego en rotundo. Es más, deseo que siga manchando de vergüenza con sus huesos aquella capilla.


Este señor hizo que yo mostrase mayor interés aún.

- Yo es que soy político y aquí- dijo enseñándome una carpeta llena de papeles- llevo montón de informaciones de políticos de actualidad, de presidentes como Zapatero. Se los mostraría si pudiese, ¿dónde me dijo usted que iba?

- Yo me bajo enfrente de la Universidad.

- Uhm..yo en el Palacio de Justicia. Bueno, "justicia". Así quieren llamarla los hombres al castigos que le dan a otros por hacer algo que ellos consideran malo. Pero usted no sabe cómo están de equivocados. El hombre no debe castigar. El hombre cree que tiene derecho a castigar pero no tiene derecho sobre nadie, eso está fuera de nuestro alcance.  ¿Ve eso?- me dijo señalando la cruz que estaba puesta encima del edificio universitario- sí, la Antigua Fábrica de Tabaco, pero eso ya lo sabrá usted que es de aquí. Me refiero a la cruz, ¿por qué una cruz? Eso se puso en el pasado, ¿pero qué pinta ahora? En fin...tenemos tanto que cambiar...

Me fui a bajar del autobús pero el chófer cerró y yo le dije que me bajaría en la siguiente.

- ¿Le digo una cosa antes de que se baje? Yo ni PP ni PSOE ni nada, nada nada de política. No confíe. Yo no lo hago, es un consejo.

Me despedí de él sabiéndo que jamás volvería a ver a ese anciano que me dio, en más o menos veinte minutos, una clase de historia, teología, lengua y de vida. Y fui a clase engullendo y recordando cada una de las palabras que dijo y que hoy, meses después, escribo en este blog.



martes, 29 de enero de 2013

Y ahora estoy en la cárcel

Hace muchos, muchos años, no me pregunte cuántos porque a mi edad no sabría responder, conocí a un hombre despiadado y monstruoso. Un hombre que, de no ser por su forma humana, hubiese jurado que era un experimento de la naturaleza. Quizás llegué a comprenderlo, quizás logré cruzar su oscura alma desentrañando cada esquina pero siempre había algo nuevo por conocer, siempre había un rincón que se me escapaba y que yo deseaba conocer más y más hasta que me envenenó el alma.

Se hacía pasar por pobre pero era un burgués que siempre presumía de su nombre. Amaba estar en soledad pero le daba miedo no encontrar a nadie a su alrededor. Aparentaba dureza pero era un cobarde. Odiaba la falsedad pero se guardaba las palabras a la hora de la verdad y reía las gracias de aquel que tachaba de falso. En fin...descubrí su alma humana, por eso digo que era humano.

Un día ocurrió la desgracia. Cansándose de mi presencia, me echó de su casa a la que él mismo me había invitado. Yo no supe por qué al principio, y volviendo una y otra vez para hablar con mi amigo, aquel amigo miserable y deshumano que me echó de aquella casa en la que ni siquiera me gustaba estar y apartándome de su presencia de la que ni siquiera me encontraba cómodo, siempre me encontraba con el silencio. Me volví un espía de sus pasos pero a la vez me convertí en un perseguido por mi amigo que también vigilaba los míos. Nunca supe el por qué ese hombre me apartó de su vida, hasta la noche de hoy. Hace unas horas vino a verme el inspector del pueblo. Me hizo un cuestionario extenso que hizo que me retorciera la cabeza intentando recordar esos momentos del pasado con mi amigo que se convirtió en mi enemigo. Yo, harto de ser cuestionado, no pude evitar preguntar a qué se debía tantas preguntas. El inspector me respondió que hoy, 9 de enero 1890, encontraron en su jardín a Margaret. Se me encogió el corazón.

Volví al pasado de súbito y recordé de repente a Margaret sonriendo en mi compañía hasta que llegó el "monstruo" que estaba borracho y comenzó a decir verdades de Margaret que, aunque verdaderas, dolían. Hubieron gritos, incluso juraría que llegamos a las manos, pero nos calmamos rápidamente como buenos amigos y Margaret aceptó el perdón de mi amigo e incluso fue invitada a pasar la noche allí. Después de una gran cena fuimos cada uno a nuestras respectivas habitaciones.  A la mañana siguiente, sólo puedo recordar el cuerpo inerte de Margaret. Un cuerpo desnudo y frío, el brazo le caía sobre las mantas y su pelo acariciaba el suelo. Miré a mi amigo que poseía un rostro más marmóreo que el de ella. Gritos y acusaciones hacia él, él negaba su culpa y, enfadado por no haberle creído me echó de su casa.

Le conté todo lo que recordé al inspector. El inspector me contó la imposibilidad de que él hubiese cometido tal asesinato: aquella misma noche él también había muerto. Entonces recordé que yo era sonámbulo y que mi amigo siempre defendía la existencia de fantasmas.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Entrada rápida





Me hace gracia la forma tan rápida que la gente cambia de parecer hoy en día. Aunque la vida es rápida. Nos levantamos rápido, caminamos rápido, comemos rápido, dormimos rápido, nos vestimos rápido, nos desvestimos más rápido aún, pensamos rápido, actuamos rápido, odiamos rápido, amamos rápido, olvidamos rápido, vivimos rápido, nos lamentamos tarde. Y yo, bueno, yo solo me dejo llevar deslizándome lentamente entre esa masa de caminantes en acción, como tiene que ser, rápida.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Leyendo entre líneas.


–Te amo.
–¿Más que a nada?
–No, después de la literatura.

Intenté irme pero rápidamente me agarró del brazo.

–Espera…Tú puedes ser mi mejor literatura.