martes, 29 de enero de 2013

Y ahora estoy en la cárcel

Hace muchos, muchos años, no me pregunte cuántos porque a mi edad no sabría responder, conocí a un hombre despiadado y monstruoso. Un hombre que, de no ser por su forma humana, hubiese jurado que era un experimento de la naturaleza. Quizás llegué a comprenderlo, quizás logré cruzar su oscura alma desentrañando cada esquina pero siempre había algo nuevo por conocer, siempre había un rincón que se me escapaba y que yo deseaba conocer más y más hasta que me envenenó el alma.

Se hacía pasar por pobre pero era un burgués que siempre presumía de su nombre. Amaba estar en soledad pero le daba miedo no encontrar a nadie a su alrededor. Aparentaba dureza pero era un cobarde. Odiaba la falsedad pero se guardaba las palabras a la hora de la verdad y reía las gracias de aquel que tachaba de falso. En fin...descubrí su alma humana, por eso digo que era humano.

Un día ocurrió la desgracia. Cansándose de mi presencia, me echó de su casa a la que él mismo me había invitado. Yo no supe por qué al principio, y volviendo una y otra vez para hablar con mi amigo, aquel amigo miserable y deshumano que me echó de aquella casa en la que ni siquiera me gustaba estar y apartándome de su presencia de la que ni siquiera me encontraba cómodo, siempre me encontraba con el silencio. Me volví un espía de sus pasos pero a la vez me convertí en un perseguido por mi amigo que también vigilaba los míos. Nunca supe el por qué ese hombre me apartó de su vida, hasta la noche de hoy. Hace unas horas vino a verme el inspector del pueblo. Me hizo un cuestionario extenso que hizo que me retorciera la cabeza intentando recordar esos momentos del pasado con mi amigo que se convirtió en mi enemigo. Yo, harto de ser cuestionado, no pude evitar preguntar a qué se debía tantas preguntas. El inspector me respondió que hoy, 9 de enero 1890, encontraron en su jardín a Margaret. Se me encogió el corazón.

Volví al pasado de súbito y recordé de repente a Margaret sonriendo en mi compañía hasta que llegó el "monstruo" que estaba borracho y comenzó a decir verdades de Margaret que, aunque verdaderas, dolían. Hubieron gritos, incluso juraría que llegamos a las manos, pero nos calmamos rápidamente como buenos amigos y Margaret aceptó el perdón de mi amigo e incluso fue invitada a pasar la noche allí. Después de una gran cena fuimos cada uno a nuestras respectivas habitaciones.  A la mañana siguiente, sólo puedo recordar el cuerpo inerte de Margaret. Un cuerpo desnudo y frío, el brazo le caía sobre las mantas y su pelo acariciaba el suelo. Miré a mi amigo que poseía un rostro más marmóreo que el de ella. Gritos y acusaciones hacia él, él negaba su culpa y, enfadado por no haberle creído me echó de su casa.

Le conté todo lo que recordé al inspector. El inspector me contó la imposibilidad de que él hubiese cometido tal asesinato: aquella misma noche él también había muerto. Entonces recordé que yo era sonámbulo y que mi amigo siempre defendía la existencia de fantasmas.

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