–No debe ser fácil–me dijo.
–¿Cómo? –pregunté dubitativa.
No sé si era por los efectos que me provocaron el alcohol,
la destemplanza que me producía tener a un desconocido cerca o simplemente que
sabía perfectamente que ese no era mi sitio. Sonrió.
–Digo que no debe ser fácil sentir tantas cosas a la vez y
quererlas demostrar en una sola palabra.
Era cierto.
–¿Quién eres?
Sonrió de nuevo. Ya me comenzaba a poner nerviosa pero
estaba demasiado ocupada en no caerme con aquellos tacones que ya ni me dolían.
–No me conoces, ni yo tampoco a ti, pero sé perfectamente
distinguir un desamor. –paró un momento y agachó la cabeza dándose a sí mismo
un tono sombrío.–Yo sufrí muchos.
Se me heló la sangre. Iba a irme de allí pero ni siquiera era capaz de
recordar el camino de vuelta a casa. Seguramente estaba tan “pedo” como yo. Ahora
no sonrió.
–Olvídalo. –me dijo.
¿Quién era él para decirme aquello? ¿Qué derecho tenía a
hablarme así?
–¿Perdona?
–Olvídalo. No te
quiere.
Busqué una excusa en mi cabeza lo más rápido que podía
permitirme: “¡Claro que me quiere!”, “¡Tú
qué coño sabes!”, “Eres un loco”, “Vete a la puta mierda”, o simplemente
comenzar a llorar al darme cuenta que tenía razón. Pero no. Seguí fría, se me
había congelado el cuerpo, y no por el frío que hacía en aquella noche de
invierno, sino por sus palabras que fueron como cuchillos en el alma. Pasaron
minutos, quizás horas en los que yo miré sus ojos profundos sin expresión, sin
una gota de nerviosismo. Nada. Vacío como si ya no sintiese. Dejé de mirarlo
unos instantes. No recuerdo muy bien pero creo que si hubiese seguido mirándole
me hubiese puesto a llorar como producto de una extraña empatía.
–Está bien. Llevas razón. –volví a mirarlo.
Demasiado tarde. Ya se había ido.