jueves, 27 de septiembre de 2012

Leyenda del joven poeta enamorado.

Cada noche, en aquella calle en la que los maleantes se reunían en una cafetería de una recóndita ciudad de mala muerte, la veía pasar. Ella, una mujer de pelo rubio y labios rojos, doblaba la esquina. Él, sentado frente a la cristalera con un libro cuyo autor, probablemente, se trataba de William Shakespeare, la esperaba pasar.

A las doce, bajaba el libro lenta y disimuladamente para verla doblar la esquina hasta que desaparecía de sus ojos. Luego, dejaba su libro aparcado, cogía una pluma y en un folio blanco donde elaboraba siempre  unos versos cuyo título rezaba:  Al carmín de mis ojos.

Seguidamente, se ponía en pie. Los ladrones, la mujeres de vida alegres y algún que otro buscón que se autodefinía de romántico enmudecían. Todos se encontraban expectantes. Esperaban a que tosiese tres veces, como acostumbraba a hacer, antes de leer sus versos. Cada noche...día tras día...

Hoy, prácticamente un siglo después, se cuenta la historia de que aún su fantasma recita sus versos. Buscando, como en antaño, el aplauso de un malhechor; las lágrimas de cualquier mujer de vida alegre, que enternecida se ha casi llegado a enamorar de él; la confusión de los pequeños pícaros que no entienden como tres palabras provocan tanto revuelo. Pero es que, querido lector, los sentimientos inundan el mundo y, hasta en la ciudad más mísera de cualquier calle de París, se puede encontrar la mayor sensibilidad.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Dicen que la felicidad no se busca. Llega. Sin más. Y siempre vuelve deslizándose desde la mirada más silenciosa. 

viernes, 21 de septiembre de 2012

En busca de una infancia casi perdida

Miraba a lo que parecía ser el horizonte, pero no. Estaba pendiente de hasta el más leve movimiento de cada niño, los miraba con cierta envidia. Se acordaba de él mismo hacia un par de años en aquella misma plaza. Suplicaba a Dios que le devolviese la inocencia robada cuando, no sabría decir si por el alcohol o por la pasión amorosa que envuelve a dos corazones jóvenes, le habían quitado. Probablemente se trataba de esta última, ya que él nunca había tomado trago. ¿Pero cómo saberlo cuando se trata de amor?

En el momento en el que ella se fue, todos comenzaron a admirarle. Sin embargo, nadie sabía que empezó a beber, fumar, salir todas las noches. Cada esquina lúgubre de la calle, cada gato pardo que merodeaba, cada aullido de perro sediento de muerte le fue siendo más y más familiar. Los hombres no lloramos, le decía constantemente su padre. Y así fue. Nunca, desde que ella se fue, lloró. Pero su alma adaptó un hábito de luto. Se fue convirtiendo en un viejo sentado en una barra de bar esperando que su mano blanca volviese para quitarle aquella copa y que la estrellase contra la pared. Él sabía perfectamente que aquel maldito ángel ya había  roto suficiente: su corazón, su alma, su vida, su fe. Y al pensarlo, mientras contemplaba su foto, lloraba como un niño de cuna. Quizás Dios no le había quitado del todo su esencia infantil.


Lloro como una niña al ver tu foto, esa que guardé con tanto esmero. No puedo decir que eres el hombre más hermoso de la tierra pero para mí siempre lo serás. Nunca me cansaría de admirarte y sé que nunca me cansaré, primero, porque no quiero y, segundo, porque no podría por mucho que lo intentase. Te amo. 


martes, 11 de septiembre de 2012

Me agobio

No sé cómo decírtelo pero me agobio. Me agobio entre tantas rejas, cadenas y papeles

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Odio

Odio a los que critican por la espalda sin saber.
Odio a los "amigos" que, con sus acciones, sólo saben mostrarnos ser todo menos eso, amigos.
Odio a los que nos sonríen falsamente delante y critican por la espalda.
Odio este calor insoportable.
Odio no verte.
Odio a aquellos, en los que tú le confías un secreto, y te das cuenta que éste se ha corrido por doquier
Odio a la gente envidiosa que no se alegra de verdad.
Odio la bipolaridad en algunas personas, incluso en mi propia personalidad.
Odio a los egoístas.
Odio a la gente rastrera.
Tampoco me gusta la gente que intenta llevarse bien con todo el mundo porque eso significa que tendrá que cambiar de personalidad cada vez que hable con alguien.
Odio los que se la dan de mucho, todos somos iguales con nuestras virtudes y defectos.
Odio este dolor de espalda, que apenas me deja respirar.
Odio a la gente que llevándose años sin saber de ti, ahora que estás bien, se acuerdan de ti.
Odio también a esos que se hacen pasar por tus amigos pero que solo te quieren para interés.
Odio a los que te dejan de hablar de repente.
Odio la hipocresía.
Odio las malas acciones incluso al mayor de tus enemigos.
Odio a la gente que no sabe perdonar.
Odio a esa gente que critica el amor, todo el mundo merece ser feliz.
También odio a la gente que hace creer que se alegra y por dentro envidia.
Odio a los que te quitan las esperanzas sin apenas haber empezado.
Odio los exámenes de septiembre.
Odio a la gente que le da miedo de todo.
Odio a los débiles, pero tengo que reconocer que siempre los ayudaré a ser fuertes.



No es normal en mí odiar. No odio directamente a nadie, sólo las cualidades antes descritas. Estoy pasando unos momentos de estrés continuo, necesito desahogarme. Sin embargo, dentro de nada seré la misma de siempre.