Miraba a lo que parecía ser el horizonte, pero no. Estaba pendiente de hasta el más leve movimiento de cada niño, los miraba con cierta envidia. Se acordaba de él mismo hacia un par de años en aquella misma plaza. Suplicaba a Dios que le devolviese la inocencia robada cuando, no sabría decir si por el alcohol o por la pasión amorosa que envuelve a dos corazones jóvenes, le habían quitado. Probablemente se trataba de esta última, ya que él nunca había tomado trago. ¿Pero cómo saberlo cuando se trata de amor?
En el momento en el que ella se fue, todos comenzaron a admirarle. Sin embargo, nadie sabía que empezó a beber, fumar, salir todas las noches. Cada esquina lúgubre de la calle, cada gato pardo que merodeaba, cada aullido de perro sediento de muerte le fue siendo más y más familiar. Los hombres no lloramos, le decía constantemente su padre. Y así fue. Nunca, desde que ella se fue, lloró. Pero su alma adaptó un hábito de luto. Se fue convirtiendo en un viejo sentado en una barra de bar esperando que su mano blanca volviese para quitarle aquella copa y que la estrellase contra la pared. Él sabía perfectamente que aquel maldito ángel ya había roto suficiente: su corazón, su alma, su vida, su fe. Y al pensarlo, mientras contemplaba su foto, lloraba como un niño de cuna. Quizás Dios no le había quitado del todo su esencia infantil.

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