Cada noche, en aquella calle en la que los maleantes se reunían en una cafetería de una recóndita ciudad de mala muerte, la veía pasar. Ella, una mujer de pelo rubio y labios rojos, doblaba la esquina. Él, sentado frente a la cristalera con un libro cuyo autor, probablemente, se trataba de William Shakespeare, la esperaba pasar.
A las doce, bajaba el libro lenta y disimuladamente para verla doblar la esquina hasta que desaparecía de sus ojos. Luego, dejaba su libro aparcado, cogía una pluma y en un folio blanco donde elaboraba siempre unos versos cuyo título rezaba: Al carmín de mis ojos.
Seguidamente, se ponía en pie. Los ladrones, la mujeres de vida alegres y algún que otro buscón que se autodefinía de romántico enmudecían. Todos se encontraban expectantes. Esperaban a que tosiese tres veces, como acostumbraba a hacer, antes de leer sus versos. Cada noche...día tras día...
Hoy, prácticamente un siglo después, se cuenta la historia de que aún su fantasma recita sus versos. Buscando, como en antaño, el aplauso de un malhechor; las lágrimas de cualquier mujer de vida alegre, que enternecida se ha casi llegado a enamorar de él; la confusión de los pequeños pícaros que no entienden como tres palabras provocan tanto revuelo. Pero es que, querido lector, los sentimientos inundan el mundo y, hasta en la ciudad más mísera de cualquier calle de París, se puede encontrar la mayor sensibilidad.
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