Llevo bastante sin escribir. Quizás por falta de tiempo, quizás por falta de ganas, quizás por falta de Musa. No lo sé. He pensado cambiar este blog. Probablemente, va siendo hora de dejar ciertas cosas atrás para permitirme el lujo de avanzar, pero me aferro al cariño que le guardo a mis letras como un hijo propio irrepetible y único.
Esta semana ha sido una semana de reflexión. He llegado a pensar que si algún día me preguntan cómo quiero ser dentro de unos años responderé: como mis padres.
Comenzaré por mi madre:
Mi madre es esa persona que, sin haber escrito ninguna historia nunca y sin haber leído más de cinco obras, ha escrito historias maravillosas. Ha reencarnado la figura de una heroína y que, aunque con sus más y sus menos, ha sido una santa. Me ha dado lecciones de vida que nunca pensé que una sola mujer pudiese dar y ha llenado de paz, bondad y calor tanto a sus más allegados como a desconocidos. Es por ello que, si alguna vez me preguntan, no diré que quiero ser como Shakespeare, Cervantes o Dante, diré que quiero ser como ella, mi madre.
Ella ha escrito tres historias maravillosas, la mía, por ser su obra primogénita no es tan perfecta como las otras dos, pero que nos ha honrado a los tres con lo más bonito que un ser puede tener: la vida y la libertad de vivirla. Una mujer anónima que -estoy segura-si más de uno supiese su historia, no le haría pasar por el aro clerical para llamarla santa. Esa mujer me ha enseñado unos valores y unas actitudes dignas de ser escrita para seguir. Supongo que la mayoría de los hijos quieren a su madre y no diré, por ello, que es la mejor del mundo, porque es algo muy visto, lo que haré será honrarla con mis acciones que es lo mejor que un ser puede hacer por sus Padres.
Ahora, mi padre:
Mi padre es ese hombre que me ha enseñado que no todo es blanco o no negro. Me ha enseñado a hablar claro. A luchar por vivir la vida. Me ha dado el valor más importante: hacer justicia. Una justicia que, aunque haya que luchar con uñas y dientes; que aunque haya que ser mal visto por ello; que aunque puedas morir en el intento de hacerla, me ha enseñado a combatir por ella por encima de todo y de todos. Porque la justicia es lo único que al ser humano le ayuda a vivir con honradez y dignidad pero sobretodo a vivir. Me ha enseñado a ser fiel y a no traicionar. Me mostró cómo ir por la verdad por delante nos llevará más lejos que ir con engaños; aunque últimamente la picaresca se lleve. Me ha enseñado que el amor a un hombre -hablando del hombre en general- tiene más valor que el amor a lo material. También me mostró que el hombre es digno de soñar sueños y construirlos sobre sólidos cimientos. Pero lo que más me mostró es que una persona siempre debe ser la misma, sin necesidad de cambiar por circunstancias adversas, problemas o -la más peligrosa- creerse por encima de otros por una situación favorable.
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