
Quizás sea imposible acallar esta conciencia que no deja de vomitar palabras que me dijiste en su día. Probablemente sea tan estúpidamente madura para no escucharlo con una canción mientras me tapo los oídos. ¿Qué se debe de hacer al ver que una pobre inocente se encamina al verdugo que tú ya conoces? Nada. Callar, agachar la cabeza, resignarse y suspirar por lo que ha tocado. Intentando no arruinar el futuro de quién destruyó mi pasado.
Forzar una sonrisa no es tan fácil como parece. Primero, debemos sentir que mientras el alma tira hacia abajo, los músculos de la cara se tensan hacia arriba y te das cuenta de que la polea de la esperanza se perdió hace bastante en el camino de vuelta a casa.
Pero eso no es lo más importante. Lo más importante es el peso de las cadenas con su bola de recuerdos que van rozando por el sentimiento, desgarrándonos más y más las carnes, haciendo que se nos contamine y se nos llene de gusanos y huela a putrefacción a los pocos segundos. Tambaleándonos de un sitio a otro, sin orientación ninguna. Aunque eso no es lo peor aún, es la angustia de un silencio oblicuo en la noche mientras lanzo un grito al cielo directo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario