Era un amanerado que tardaba más en el espejo en un día normal, sólo para peinarse, que yo para salir a una gran fiesta, tanto, que llegué a dudar incluso de su heterosexualidad. Esa odiosa sonrisa que no se le quitaba de la cara y que, en más de una ocasión, deseé borrar con una bofetada. Un mentiroso en ocasiones, un retraído intentando ser misterioso, falsamente hipócrita, raro...¿o especial? ¡Bah! ¿Qué más da? Tan remilgado y horripilantemente perfecto que, a parte de repulsión, me dio el sentimiento más doloroso que existía en el mundo: amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario