–Hola preciosa, ¿me recuerdas?
–¿Cómo iba a olvidarme de ti?. –le respondió sin apenas
inmutarse.
–Lo sé. Sé que fui especial.
–No lo fuiste.
–¿No?
–No.
Permanecieron callados durante un largo instante. Él miraba
hacia abajo y permaneció, allí, quieto, mirando sus zapatos. Ella, por el
contrario, lo miraba fijamente sin apenas parpadear.
–Entonces…–dijo mientras se levantaba de la silla.–No tengo
más remedio que irme. Siento robarle su valioso tiempo.
Ella comenzó a reír.
–¿Mi valioso tiempo? ¿Sabe usted desde cuándo lleva
robándome “mi” valioso tiempo? Mi valioso tiempo pasó a ser suyo desde el
primer momento en el que crucé esa maldita puerta, desde entonces, todo lo que
sueño, vivo, veo, siento, pienso y respiro le pertenece. No fuiste especial,
eres especial. Así que o permanece allí en esa silla o yo misma me encargaré de
atarlo para que nunca, jamás, se vaya de mi lado, usted elije.
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