miércoles, 5 de diciembre de 2012
Entrada de la nada
Últimamente tengo bastante visitas españolas. Probablemente alguien preocupado por mi vida. Me alegra que se preocupen por mí, sea quién sea. De todas formas ningún escritor cuenta su vida en sus escritos. Si queréis saber de mi vida sólo tenéis que preguntar. Espero que esto os sirva para dejaros tranquilos. Gracias.
Vamos a reinventarnos.
Vamos a reinventarnos. Tenemos toda una vida para hacerlo, aunque mi sitio preferido sea siempre donde siempre terminamos. Donde tú ya sabes. Yo, que siempre he tenido fama de buena escritora, voy a reinventarte secretamente como yo sólo sé hacer . Tú, que siempre has tenido fama de ser buen cuentista vas a contarme el cuento de nunca jamás. Y yo me lo creeré, porque sí; porque siempre me lo acabo creyendo; porque yo me permito el lujo de creérmelo.
Hablando con tu desconocido.
–No debe ser fácil–me dijo.
–¿Cómo? –pregunté dubitativa.
No sé si era por los efectos que me provocaron el alcohol,
la destemplanza que me producía tener a un desconocido cerca o simplemente que
sabía perfectamente que ese no era mi sitio. Sonrió.
–Digo que no debe ser fácil sentir tantas cosas a la vez y
quererlas demostrar en una sola palabra.
Era cierto.
–¿Quién eres?
Sonrió de nuevo. Ya me comenzaba a poner nerviosa pero
estaba demasiado ocupada en no caerme con aquellos tacones que ya ni me dolían.
–No me conoces, ni yo tampoco a ti, pero sé perfectamente
distinguir un desamor. –paró un momento y agachó la cabeza dándose a sí mismo
un tono sombrío.–Yo sufrí muchos.
Se me heló la sangre. Iba a irme de allí pero ni siquiera era capaz de
recordar el camino de vuelta a casa. Seguramente estaba tan “pedo” como yo. Ahora
no sonrió.
–Olvídalo. –me dijo.
¿Quién era él para decirme aquello? ¿Qué derecho tenía a
hablarme así?
–¿Perdona?
–Olvídalo. No te
quiere.
Busqué una excusa en mi cabeza lo más rápido que podía
permitirme: “¡Claro que me quiere!”, “¡Tú
qué coño sabes!”, “Eres un loco”, “Vete a la puta mierda”, o simplemente
comenzar a llorar al darme cuenta que tenía razón. Pero no. Seguí fría, se me
había congelado el cuerpo, y no por el frío que hacía en aquella noche de
invierno, sino por sus palabras que fueron como cuchillos en el alma. Pasaron
minutos, quizás horas en los que yo miré sus ojos profundos sin expresión, sin
una gota de nerviosismo. Nada. Vacío como si ya no sintiese. Dejé de mirarlo
unos instantes. No recuerdo muy bien pero creo que si hubiese seguido mirándole
me hubiese puesto a llorar como producto de una extraña empatía.
–Está bien. Llevas razón. –volví a mirarlo.
Demasiado tarde. Ya se había ido.
viernes, 23 de noviembre de 2012
lunes, 19 de noviembre de 2012
Enterrado.
Dijiste que no lo matase pero yo tuve que hacerlo. Escucharlo una y otra vez, día sí y día también. No recuerdo muy bien cómo lo hice. Sólo sé que primero discutimos y lo último que recuerdo fue un fuerte ruido. Luego me encontraba sola, con las manos llenas de barro y llorando, ¿o estaba lloviendo? No lo sé. Sólo sé que luego me metí en la ducha, sí, eso hice. También recuerdo el olor a sangre y a tierra mojada. No recuerdo cuanto tiempo me quedé allí. Recordando o intentándolo, porque mi mente pasaba imágenes como un proyector pero yo no parecía por entonces el protagonista. Ahora lo sé. Fui yo. Sin embargo, antes de que me preguntéis si me arrepiento os diré que no. Probablemente vaya y me condenen, no me da miedo. No me da miedo ir a la cárcel. Me da miedo lo que vaya después. He matado. Pero no me da miedo el castigo que unos hombre crean que me impondrán, mi miedo viene de otro sitio. Mi miedo viene de un lugar que nadie sabe a donde está: la vida eterna. Ese don Juan se lo merecía. No tenía ningún derecho a burlarse de mí, de mí y a saber de cuántas más. Sí, he hecho bien. Estaba infectando de odio a corazones puros. Lo odio. Lo odio aún después de muerto.
domingo, 4 de noviembre de 2012
Nací libre, moriré libre
Las ideas se fusionan con la velocidad del aire, y no logro ver qué forma tienen. Fluyen sólo una tras otras sin dejarme decir con exactitud lo que quiero. Espera. Creo que ya comienza a formarse en mi cabeza. No logro dar forma al dolor, amor, al odio o a la mera consciencia de que existes. Yo sé que sí. Dudo de tu propia capacidad de amar. Dudo de la mera capacidad de la destrucción corrosiva del tiempo. Dudo quizás de la mera existencia de la muerte si Dios nos acompaña.
Nunca has sonreído cuando el mundo está compuesto de elementos castigadores que nos afligen y nos hiere las espaldas con la validez de un autocastigo. No lo merece. Y aun busco la forma de que lo merezca.
La compasión es el más sabio alimento del cruel que, intentado sentir, no siente. A veces falsa. Acarícialo. Acaricia el pecado que envuelve ese duro pesar de saber que no vuelve. Date la vuelta y piensa que el pasado que un hecho que llega de nuevo. Como una cadena. Como un circulo silencioso que todo se lleva. Que todo lo abrasa, que todo la abraza incluso a ti envolviéndote sus crueles manos y quemándote con el magma del mismo infierno. Mientras gritas un: OTRA VEZ NO. Pero ella ríe con una sonrisa malévola, con una oscuridad envolvente, dándote tanto asco como esos insectos que tanto odias, mientras responde con un sonido casi imperceptible: otra vez, sí.
Entonces tu flujo de consciencia desaparece y pasas a la acción. Soplas y pisas. Con una fuerza hercúlea rompes las cadenas y: ¡zas! Adiós. Ya soy libre.
Y la mañana llega con miradas narcisistas dándonos gotas de sol. Y sonríes. Otra vez has nacido. Como cada mañana.
Nunca has sonreído cuando el mundo está compuesto de elementos castigadores que nos afligen y nos hiere las espaldas con la validez de un autocastigo. No lo merece. Y aun busco la forma de que lo merezca.
La compasión es el más sabio alimento del cruel que, intentado sentir, no siente. A veces falsa. Acarícialo. Acaricia el pecado que envuelve ese duro pesar de saber que no vuelve. Date la vuelta y piensa que el pasado que un hecho que llega de nuevo. Como una cadena. Como un circulo silencioso que todo se lleva. Que todo lo abrasa, que todo la abraza incluso a ti envolviéndote sus crueles manos y quemándote con el magma del mismo infierno. Mientras gritas un: OTRA VEZ NO. Pero ella ríe con una sonrisa malévola, con una oscuridad envolvente, dándote tanto asco como esos insectos que tanto odias, mientras responde con un sonido casi imperceptible: otra vez, sí.
Entonces tu flujo de consciencia desaparece y pasas a la acción. Soplas y pisas. Con una fuerza hercúlea rompes las cadenas y: ¡zas! Adiós. Ya soy libre.
Y la mañana llega con miradas narcisistas dándonos gotas de sol. Y sonríes. Otra vez has nacido. Como cada mañana.
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