Él es tan perfecto que su cara angelical me persigue a todas partes y me acosa por no ser como él. A veces, lo llego a odiar por ser así. En ocasiones, pienso que él es un ángel caído de ahí arriba para que yo recuperara la fe, pero, ¿qué importa eso? Sólo le estoy pidiendo para que me dé las respuestas que yo ahora no entiendo. ¿Por qué no se fue? Yo te pedí que se quedara pero si sabía cómo iba a sufrir, ¿por qué se quedó? No lo entiendo Dios. Verlo cada día, mirarlo a cada ocasión y no poder declararle todo lo que siento, yo ya no sé cómo vivir.
Tengo que tener los pies en la tierra. Es imposible que lo que te llevan enseñando toda una vida lo olvidemos en dos años. ¿Por qué no hace nada y por qué me mira tanto? No entiendo nada y cuanto más lo pienso más me frustro, porque yo en un verano me he dado cuenta de tantas cosas que si comparamos con mi yo de antes y mi yo de ahora, somos completamente distintas. Antes tenía una vida milimétricamente controlada hasta que apareció él con sus andares alegres y sus zapatos de ejecutivo que tanto odio me hubiesen dado hace dos años, y toda mi vida se ha puesto patas arribas. Sin saber qué creer, qué decir, qué pensar.
Me siento tan extraña que si no fuese porque me miro al espejo diría que soy otra porque mi alma ha cambiado tanto que no sabría cómo explicar esta confusión que es un torbellino de ideas, emociones y luchas entre mi yo del pasado y del presente.
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